En la palabra está el mundo

3 05 2010

En la palabra está el mundo, aunque el mundo existiera antes de la palabra –alguien sabrá para qué, o por qué. Cuestión de saber si el mundo que existe en la palabra es el mismo que es en sí. Vieja cuestión, por cierto, sobre la que cabe seguir discurriendo; aunque sólo sea para ir tirando cuando los crucigramas ya no entretienen como solían. Culpa nuestra, no de los crucigramas, claro.

En El uno y el otro,  especie de sainete de consonantes y vocales fatigadas, hay constantes juegos de palabras que aluden, siquiera de refilón, a asuntos que nos ocuparan tanto tiempo cuando entonces. Lecturas que nos fascinaron, ideas iluminadoras, oscuridades del ánimo desesperanzado y demás etcéteras que nos siguen aguardando desafiantes para una nueva contienda, según la máxima que sugiere aquello de que un libro no es el mismo libro si el que lo lee ya no es el mismo que lo leyera. Lo del río de Heráclito, más o menos, o sea.

Pero este El uno y el otro, acaso, trae estas cuestiones con el ánimo (o el desánimo; vaya usted a saber lo que nos manda decir el lenguaje que no hablamos, sino que nos habla) de un mero juego de bromas y juegos entretenidos. A la  manera de una máquina vieja con la que se deja jugar, porque ya es un modelo antiguo, caducado, la palabra que inventaba el mundo también parece haber envejecido. La ciencia acabó con alguna charlatanería exageradamente reverenciada, a la vez, seguramente, que cuela de rondón una nueva colección de tótems.

Aquí, en El uno y el otro, se propone una broma rellena de ciertos elementos implícitos, algo seguramente poco recomendable para el interés que pudiera despertar; pero aún así, el juguete ha sido así compuesto en una suerte de “solo de saxofón” medio improvisado, por entre cuyos sones asoma algo de lo que se fue o se quiso ser un día.

El tiempo mella certezas, deseos, vanidades y demás glorias humanas. No es que no corten aún, pero está permitido jugar con tales asuntos sin peligro de que hieran. Así la sonrisa sin amargura de un cierto humor sin estridencias.

Rafael Campos

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