En la palabra está el mundo

3 05 2010

En la palabra está el mundo, aunque el mundo existiera antes de la palabra –alguien sabrá para qué, o por qué. Cuestión de saber si el mundo que existe en la palabra es el mismo que es en sí. Vieja cuestión, por cierto, sobre la que cabe seguir discurriendo; aunque sólo sea para ir tirando cuando los crucigramas ya no entretienen como solían. Culpa nuestra, no de los crucigramas, claro.

En El uno y el otro,  especie de sainete de consonantes y vocales fatigadas, hay constantes juegos de palabras que aluden, siquiera de refilón, a asuntos que nos ocuparan tanto tiempo cuando entonces. Lecturas que nos fascinaron, ideas iluminadoras, oscuridades del ánimo desesperanzado y demás etcéteras que nos siguen aguardando desafiantes para una nueva contienda, según la máxima que sugiere aquello de que un libro no es el mismo libro si el que lo lee ya no es el mismo que lo leyera. Lo del río de Heráclito, más o menos, o sea.

Pero este El uno y el otro, acaso, trae estas cuestiones con el ánimo (o el desánimo; vaya usted a saber lo que nos manda decir el lenguaje que no hablamos, sino que nos habla) de un mero juego de bromas y juegos entretenidos. A la  manera de una máquina vieja con la que se deja jugar, porque ya es un modelo antiguo, caducado, la palabra que inventaba el mundo también parece haber envejecido. La ciencia acabó con alguna charlatanería exageradamente reverenciada, a la vez, seguramente, que cuela de rondón una nueva colección de tótems.

Aquí, en El uno y el otro, se propone una broma rellena de ciertos elementos implícitos, algo seguramente poco recomendable para el interés que pudiera despertar; pero aún así, el juguete ha sido así compuesto en una suerte de “solo de saxofón” medio improvisado, por entre cuyos sones asoma algo de lo que se fue o se quiso ser un día.

El tiempo mella certezas, deseos, vanidades y demás glorias humanas. No es que no corten aún, pero está permitido jugar con tales asuntos sin peligro de que hieran. Así la sonrisa sin amargura de un cierto humor sin estridencias.

Rafael Campos





Escena primera

30 04 2010

Escena primera

PARA VENIR AQUÍ

UNO

Para venir aquí hubo que dar por inútil cualquier otra posibilidad.

OTRO

Después de varios intentos fracasados de salir de allí, de aquél lugar.

UNO

Fracasados por tu manía de volver siempre por alguna de tus absurdas razones, te recuerdo.

OTRO

No empieces otra vez con eso. En cada intento de irnos de allí, tú nunca estabas tampoco cuando tenías que estar, ni donde tenías que estar. Podría decirse que no querías irte, en realidad siempre pensé que no querías irte.

UNO

Siempre era yo el que proponía irnos, y tú siempre poniendo excusas, había que volver una y otra vez. Has olvidado todas las veces que estando ya en marcha, y totalmente decididos a irnos, te sacabas de la manga una razón absurda para volver.

OTRO

Sin embargo  volvías.

UNO

Por no dejarte solo, ya lo sabes.

OTRO

Podías haberme esperado en algún lugar del camino, yo te hubiera alcanzado.

UNO

No digas estupideces, nunca me hubieras encontrado. ¿Tengo que recordarte tu manía de perderte siempre? Y en todos los sentidos, por cierto.

OTRO

Qué tratas de insinuar con eso de “en todos los sentidos”.

UNO

Sabes perfectamente de lo que hablo.

OTRO

No, no lo sé, dímelo, te lo ruego.

UNO

Dejémoslo estar.

OTRO

No. No lo dejamos estar. No puedes soltar esas cosas y decirme después que lo dejemos estar, si lo dejamos estar es como si tuvieras razón, y no tienes razón en absoluto.

UNO

¿Que no tengo razón?

OTRO

No.

UNO

Vaya, el señor ha olvidado lo que le ha convenido olvidar.

OTRO

Eres un demagogo, sólo te falta perilla para parecer el perfecto demagogo.

UNO

¿Los que llevan perilla son demagogos?

OTRO

No todos, pero los demagogos con perilla son los peores.

UNO

Estás completamente loco. 

OTRO

No estoy loco, sencillamente observo las cosas. Tú no puedes entenderlo por lo que ya sabemos.

UNO

Qué es eso de “por lo que ya sabemos”.

OTRO

Nada, déjalo.

UNO

No pienso suplicarte. Sé perfectamente que lo dices para preocuparme, pero no pienso preocuparme lo más mínimo por ese “por lo que ya sabemos”.

OTRO

Haces una montaña de algo sin importancia. Es lo que más te gusta, dar vueltas y más vueltas a las cosas, hasta que logras convencerte de que son como tu quieres que sean. Pero sabes que eso no es posible.

UNO

Lo sé, pero es duro aceptarlo. Reconócelo.

OTRO

Lo reconozco, aunque sólo sea para salir de este momento tan desagradable y vacío de sentido.

UNO

Me vas a echar a mí la culpa por la falta de sentido de este momento.

OTRO

De este momento concretamente, sí.

UNO

Nuestra existencia entera carece de sentido. No sé a qué viene echarme la culpa de este momento sin sentido. Ninguno lo tiene.

OTRO

Por eso estamos así.

UNO

Iba a pedirte que concretaras ese así, pero me lo acabo de pensar mejor y me callo.

OTRO

Te callas pero no dejas de decirlo. ¿Ves? Así eres tú. Siempre diciendo lo que quieres decir que no dices. Te lo digo como mi mejor amigo que eres, te estás volviendo completamente loco.

UNO

Y único.

OTRO

¿Único?

UNO

Tu mejor y único amigo.

OTRO

Sí, eso me llena de entusiasmo, ya lo sabes.

UNO

Dejemos eso. Repasemos las últimas consignas de nuestra abigarrada existencia.

OTRO

De acuerdo.

UNO

Un poco tú y otro poco yo, vale.

OTRO

Hubo que pensar que ya no quedaba nada que pensar. Y decidir esto.

UNO

Que no quedaba ya nada que decir, y decidirlo.

OTRO

Esto. Venir y quedarnos aquí.

UNO

Y no salir de aquí.

OTRO

Estar aquí todo el tiempo, sin saber cuánto tiempo será todo el tiempo.

UNO

Estar aquí apartados del mundo. De toda esa mierda.

OTRO

Sencillamente: estar. Y no hacer otra cosa que estar.

UNO

Sin planes de futuro.

OTRO

Sin planes de presente.

UNO

Sólo la mayor indiferencia.

OTRO

Y la risa.

UNO

Por no soportar ya lo de fuera.

OTRO

Por aburrirnos tanto con todo lo de fuera.

UNO

Pero nada es perfecto.

OTRO

Ni siquiera nosotros ni nuestra decisión.

UNO

Cada poco tiempo surge de nuevo la monstruosa esperanza.

OTRO

No digas monstruosa esperanza, debemos obviar todo lo posible los adjetivos. Y  ya has dicho mundo de mierda y monstruosa esperanza.

UNO

No puedo estar pendiente de si me surgen o no los dichosos adjetivos.

OTRO

Los adjetivos son ambiciosos, son como querer transmitir un cierto valor a las cosas. Bastante tenemos con soportar los sustantivos.

UNO

Bien, vale. Al final, sin remedio, siempre asoma la esperanza. Sin adjetivos.

OTRO

Quisimos algo. Querer algo es un error, siempre. Todos los errores comienzan por querer algo.

UNO

Por otra parte, y siempre te lo digo, no se puede vivir sin querer algo, por pequeño que sea. Respirar, por ejemplo. Y es sólo un ejemplo, hay más. Si no se quiere nada es como si se está muerto.

OTRO

Eso es. Somos un ensayo de la muerte, pero sin la engorrosa escatología de la muerte.

UNO

Morirse es fatigoso, y molesto, como se sabe. Así que conviene ensayarlo para evitar estridencias cuando se dé el fatal desenlace.

OTRO

Ya lo había dicho yo, no hace falta que me expliques.

UNO

A veces eres demasiado ampuloso en tus explicaciones. No hace falta decir “la engorrosa escatología de la muerte”, aparte de ser un pleonasmo, es pomposo, y debemos tratar de olvidarnos de todo lo pomposo, de todo adorno.

OTRO

Tú acabas de decir pleonasmo, y me dices que no sea pomposo.

UNO

No volverá a pasar.

OTRO

Bien.

UNO

Así que estamos esperando. Últimamente, sólo esperamos.

OTRO

Y no debemos hablar de nada trascendente, recuérdalo.

UNO

Lo recordaré.

OTRO

Ni muerte, ni libertad, ni amor, nada de retóricas. Son obscenas.

UNO

A veces entretiene hablar de eso como si supiéramos de qué hablamos.

OTRO

Ya estamos hartos de todo eso.

UNO

Es verdad, a veces se me olvida lo hartos que estamos.

OTRO

Yo te lo recordaré.

UNO

Gracias.